Archive for the ‘■ El Paso, mi pueblo, y el terruño’ Category

[*ElPaso}-- Detallista y perfeccionista: de casta le viene al galgo

May 20, 2008

Carlos M. Padrón

Allá por el año 1955, durante la “matazón del cochino” [1] de mi tío Miguel —conocido como Miguel Duque aunque se apellidaba Pérez Martín, como mi madre, pues eran hermanos [2]—, cuando después del opíparo almuerzo fuimos a reposar en el patio, salió a colación el tópico de que yo daba muestras de ser detallista y perfeccionista, lo cual, según algunos, me venía por la rama de los Padrón ya que, como mucha gente decía, yo me parecía muchísimo, y no tanto en el físico como en el carácter, al hermano menor de mi padre, llamado Pedro, de quien tal vez me anime a escribir algo algún día, pues el parecido entre nosotros es más que eso: es paralelismo.

En cambio, mi tío Miguel —y luego también otros— opinó que eso me venía por la rama de los Castillo en la que, por esas “virtudes”, cobró fama Pedro Martín Castillo, su abuelo materno y padre del tío Pedro —mencionado varias veces en este blog como Pedro Martín Hernández y Castillo, o simplemente Pedro Castillo [3]—, que vivió en la casa donde años después abrió sus puertas la venta de Bonanza Afonso, una casa que está pegada a la propia de mi tío Miguel y que, según me cuentan, eran entonces, aunque más pequeñas, una sola.

Intrigado por lo del detallismo y perfeccionismo del tal Pedro Martín, le pregunté a mi madre, y ella me contó la anécdota que hizo famoso a su abuelo Pedro, mi bisabuelo materno.

Pedro Martín vivía, con su esposa Martina Hernández, en la casa antes citada, en Tenerra, poco más arriba de donde estaba el viejo torreón.

Para alumbrarse en las noches usaban un quinqué cuya boca de combustión tenía la forma redondeada que recuerda el tope de las cúpulas de los telescopios, con una ranura al centro por la que salía la mecha, que era una cinta hecha de fibra de algodón o lana —no estoy seguro del material— que tenía su mayor parte sumergida en el líquido inflamable —generalmente kerosén— almacenado en el depósito que conformaba la base circular del quinqué, y que se incendiaba al acercarle fuego porque estaba empapada del kerosén.

A un lado y por encima del depósito tenía el quinqué un mando conectado a la mecha. Si ese mando se giraba a la derecha, salía más mecha por la boca de combustión, y la llama era mayor y alumbraba más; si se giraba a la izquierda, ocasionaba el efecto contrario.

Este quinqué es bastante parecido a los que recuerdo, excepto por su base, que en éste es de vidrio y en los que vi en El Paso era de cerámica; el resto es igual.

Una noche cuando habían terminado de cenar y mi bisabuela Martina estaba fregando los platos, el bisabuelo Pedro, que quedó sentado a la mesa en la que habían comido, reparó en que la llama del quinqué no presentaba en su borde superior un contorno semicircular paralelo al de la boca de combustión, como debía presentarlo por cuanto él había cortado la mecha según el contorno de esa boca, sino que tenía un pico por uno de sus lados.

Como esa irregularidad no encajaba en su sentido de la perfección, levantó la pantalla de vidrio del quinqué y, armado de unas pequeñas tijeras, alzó un poco la mecha usando el correspondiente control y le cortó un pequeño trocito por el lado en que la llama formaba el pico, en un intento por emparejarla. Pero, ¡oh, sorpresa!: cortó demasiado y ahora el pico apareció del otro lado.

El bisabuelo Pedro repitió varias veces la operación sólo para comprobar, frustrado, que por más que él cortara cada vez porciones más y más pequeñas de la mecha, el pico de la llama se formaba del lado contrario al que él había cortado, como si el quinqué estuviera burlándose de él.

Para ese momento ya emitió unos resoplidos que hicieron que la bisabuela Martina mirara hacia atrás de soslayo y entendiera lo que estaba pasando, pero se abstuvo de decir nada porque, de hacerlo, cabía esperar de Pedro una reacción poco amistosa.

Él, entre los resoplidos que iban subiendo de tono, continuó con la operación de corte de mecha, de uno y otro lado, y cada vez en trocitos ya ínfimos, hasta que, cansado de que la llama no adoptara el perfil superior uniformemente semicircular que él quería que tuviera, dio en la mesa un duro golpe, que hizo que Martina se volviera hacia él asustada, se levantó violentamente con el rostro rojo de ira, asió el quinqué con su mano derecha, y mirando a Martina con ojos inyectados en sangre exclamó:

—Martina, ¡¡si no lo rompo me enfermo!!

Y uniendo la acción a la palabra, lanzó el quinqué contra la pared de la cocina y lo destrozó.

P.D.: Por suerte para mí, ya no se usan los quinqués, y las rejas que hay en las ventnas de mi casa, varias veces han impedido que alguna computadora o periférico fuera defenestrado.

***

[1] Reunión de familares y vecinos, entre utulitaria y festiva, que se celebraba con motivo de sacrificar el cochino que durante todo el año se había cebado para, al matarlo, aprocechar casi todas las partes de su cuerpo, en particular el tocino que guardado en salmuera tenía que durar todo un año.

[2] Lo llamaban Miguel Duque para diferenciarlo de su padre, mi abuelo materno, cuyo nombre era Miguel Pérez Duque. Por él me pusieron Miguel como segundo nombre.

[3] Como una identificación genérica de rama genealógica, el pueblo dio el apellido Castillo a todos los descendientes de Pedro Martín Castillo, abuelo materno de mi madre, y por esto a mi abuela (la madre de mi madre) se la conocía como María Castillo; a mi madre, como Victoria Castillo; a mi tía (hermana de mi madre), como Beneda Castillo; a las primas hermanas de mi madre, como Ela Castillo, María Castillo, Amanda Castillo, etc.

Mi tío-abuelo. Pedro Martín Hernández, siempre usaba estos apellidos, pero, por lo antes dicho, también era conocido como Pedro Castillo. Un día ocurrió que una correspondencia destinada a él le fue entregada, por error del correo, a otro Pedro Martín Hernández que vivía en La Rosa, lo cual le ocasionó a mi tío-abuelo tal perjuicio que, a partir de ese día y para diferenciarse del otro Pedro, incorporó a sus apellidos ese Castillo que fungía como genérico de su familia, y pasó a firmar como Pedro Martín Hernández y Castillo. Sus hijos son igualmente conocidos como Concha Castillo, Pedrito Castillo, Carmen Castillo, etc.

Miguel el de Angelina.

July 26, 2006

Carlos M. Padrón

A decir de mi hija Elena, la psicóloga, en El Paso pocos tienen identidad propia, pues la mayoría de las personas “son” de alguien, ya que abundan los nombres como Pancho el de Tajuya, Pepe el de la Exclusiva, Luisa la del Morro, Fernando el de Avelina, Toto el de Carmelina, Juan José el de Benigno, etc.

Creo que la explicación a esta curiosa costumbre nominativa es que, por muchos años, El Paso fue un pueblo de unos 4 mil habitantes, y ubicado, por no decir que aislado, en todo el centro de la mitad del medio de la isla de La Palma. Por lógica, la mayoría de los matrimonios eran entre vecinos del pueblo (lo cual podría servir tal vez para explicar el origen y alto índice de cierto tipo de mortalidad que viene ocurriendo allí desde hace años).

Por igual motivo, los pocos apellidos se multiplicaron y se tornaron repetitivos haciendo que su uso sirviera de poco para identificar a quienes los llevaban, y así, decir Antonio Martín resultaba mucho menos preciso que decir Toto el de Carmelina, pues éste era sólo uno mientras que Antonio Martín había varios.

Ese aislamiento contribuyó también a la formación de un léxico muy particular que ha caído en desuso y resulta ininteligible para los miembros de la generación actual, razón por la cual he decidido rescatarlo en lo posible y tal vez lo publique algún día.

También podría yo publicar algo de la biografía de Don Pedro Castillo —considerado el maestro por excelencia de El Paso— y del proceso de obtención de la seda natural, proceso que casi cae en el campo de lo fascinante. En uno de los pasos de tal proceso aparece una pequeña mariposa a la que, al igual que a las llamadas “de luz”, a los abejorros o a todo animalito volador de pequeño tamaño con cuerpo en forma de fuselaje de avión y con dos alas, los “magos” —léase campesinos incultos— llamaban ‘barboleto’.

El lector se preguntará cuál es la relación entre los nombres con “de”, Don Pedro Castillo y las pequeñas mariposas llamadas barboletos en léxico pasense. Allá voy.

En la escuela de Don Pedro Castillo, única existente para la época, se enseñaba a leer usando un silabario, o sea, un libro o cartilla en la que aparecía, por ejemplo, la figura de un martillo y debajo de ella su nombre descompuesto en sílabas, así:

(Figura de un martillo)
M-A-R: Mar
T-I….. : ti
L-L-O.: llo
MARTILLO

En presencia del profesor, en un caso como el del ejemplo el alumno debía mirar primero la figura y leer luego las cuatro líneas asegurándose de pronunciar correctamente la palabra de la línea final que correspondía al nombre de la figura que encabezaba la página.

Miguel el de Angelina, siendo apenas un muchacho, asistía a la escuela de Don Pedro Castillo y estaba aprendiendo a leer, pero entre las virtudes de Don Pedro no estaba la paciencia, y entre las de Miguel no estaba la lucidez mental, y este cóctel hizo explosión el día que Don Pedro le puso a Miguel, ante toda la clase, un examen personal de lectura.

Le presentó una página del silabario en la que se veía muy clara la figura de una hermosa mariposa, y debajo,

M-A; Ma
R-I..: ri
P-O.: po
S-A.: sa
MARIPOSA

Miguel leyó correctamente las cuatro primeras líneas, pero al llegar a la final, y a pesar de que en ella estaba escrito Mariposa, dijo BARBOLETO, pues ése era, para él, el nombre del animal que representaba la figura en la cabeza de la página.

La explosión de Don Pedro, maestro de los que aplicaba la regla de que “la letra, con sangre entra”, fue, como diríamos hoy, “de película”.

***

Estando ya Miguel en sus veintes, pasó por su casa Ramón, un vecino, que iba camino a otro barrio, y fue abordado por Angelina, la madre de Miguel, mientras éste, armado de unas largas tenazas de madera, arrancaba los tunos maduros que había en una tunera frente a la casa, y que era cuidada con mucho mimo. (Para quienes no sepan a qué llamamos en Canarias tunera y tunos —los frutos de la tunera—, adjunto foto).

Angelina le preguntó a Ramón si por fin había asistido a las fiestas de la Bajada de la Virgen, celebradas la semana anterior en Santa Cruz de La Palma y a las que Ramón había ido a pie atravesando la llamada Cumbre Nueva. A la respuesta afirmativa de Ramón siguió la pregunta de qué había encontrado de nuevo, a lo que, con toda segunda intención, Ramón respondió que muchas “flores de camino”, un eufemismo para excremento por deposiciones humanas, pues, a falta de baños, los caminantes hacían sus necesidades a la orilla del camino.

La carcajada de Angelina no se hizo esperar, y eso desató la curiosidad de Miguel que, haciendo un alto en su tarea, pregunto intrigado: “¿Qué son flores de camino?”.

Ante tal pregunta, tonta por demás en opinión de Angelina, ésta se rió aún más y le respondió “Mierda, Miguel”, lo cual desató las iras de Miguel, que se consideró insultado —pues ‘mierda’ era una respuesta grosera habitual a preguntas indiscretas a las que uno no quería contestar—, y enarbolando las tenazas la emprendió a golpes contra las tuneras llenas de frutos mientras gritaba “¡O me dices qué son flores de camino o te destrozo las tuneras!”.

Desesperada, Angelina gritaba una y otra vez, “¡¡Mierda, Miguel, mieeeerda!!” pero sólo conseguía que Miguel, como un Don Quijote contra los molinos de viento, arremetiera cada vez con más denuedo contra las preciadas tuneras.

***

Creo que fue el año 1989 cuando, de regreso a Venezuela después de terminar un trabajo en Londres, hice escala en Canarias y me fui a El Paso unos días. En mi obligado —y por demás agradable— tour de visitas incluí una a Angelina y Miguel, para entonces ya sesentón.

Cuando llegué a la puerta de su casa eran las 2 de la tarde de un día tan radiante que la luz casi hería los ojos, y el sol simplemente quemaba.

A esa hora y bajo tales condiciones, los más de los vecinos estaban haciendo siesta. Con el puño di tres golpes en la puerta, a medias entreabierta, de la casa de Angelina, y al rato oí ruido de pasos que se acercaban. Una mano abrió completamente la puerta y ante mí apareció Miguel —torso desnudo, descalzo y una toalla al hombro—, que se quedó mirándome con cara de póquer y sin decir palabra.

Yo, parado frente a la puerta en actitud muy formal, adrede guardé silencio por unos segundos enfrentando su mirada, y luego, con tono muy seco, le dije:

—¡Buenas noches!

Miguel no se inmutó. Siguió allí parado, mirándome inexpresivo, mudo y sin siquiera pestañear.

Angelina, que sí estaba haciendo la siesta, lógicamente preocupada porque después de escuchar los golpes en su puerta no oyó nada más, gritó desde su cama:

—¡Migueeel, ¿quién está ahí?!

Y Miguel, sin dejar de mirarme ni alterar su posición ni su actitud, contestó:

—Aquí hay un hombre que dice ‘buenas noches’.

—¿¡Cómo que buenas noches, Miguel, si son las dos de la tarde!?—fue la airada respuesta de Angelina, dicha con retintín de fastidio.

De inmediato escuché unos pasos apresurados y a los pocos segundos se presentó Angelina, que al verme puso cara de pascuas, me dio un gran abrazo y luego, volviéndose a Miguel, que había contemplado la escena sin acusar cambio alguno, le dijo en tono de reprimenda:

—Pero, ¿¡tú eres bobo!? ¿¡No ves que éste es Carlos Padrón!?

Y como si eso fuera el desenlace decepcionante de algún enigma, Miguel giró sobre sus talones, y con un sonoro,

—¡¡Déjame ir a lavarme las patas!!

se alejó y dio por cerrada la sesión, acabando así con mis esperanzas de una amena visita.

La Palma, mi isla.

July 23, 2006

Carlos M. Padrón

Un breve vistazo a la isla de La Palma (Canarias).

Desde un satélite, la isla de La Palma se ve así,

y puede apreciarse que, como dije en el artículo “Agonía en La Caldera – Una excursión que pudo ser mortal“, la Isla es prácticamente el cráter de La Caldera, ese enorme hueco bordeado por altas montañas que se ve en el centro de la mitad norte.

En esta foto, una vista parcial del interior de La Caldera,

que, por su forma, resulta imposible fotografiar desde tierra en su totalidad, y una foto aérea no mostraría la perspectiva de las alturas y los precipicios.

En el tope del borde noroeste de La Caldera, a 2.426 metros de altura, en el punto conocido como Roque de Los Muchachos, está enclavado el observatorio astronómico del mismo nombre, pues el cielo de La Palma se cuenta entre los más despejados del hemisferio norte.

El sitio es uno de los lugares más privilegiados para la observación en la Tierra. Las edificaciones que muestra esta foto

son, de izquierda a derecha, el telescopio Carlsberg Meridian; el telescopio, de 4.2-metros, William Herschel; el telescopio Dutch Open; el Swedish Solar Tower; el telescopio, de 2.5 metros, Isaac Newton; y el telescopio, de 1 metro, Jacobus Kapteyn.

Aquí, otra vista del observatorio.

A fin de reducir las interferencias a los telescopios en sus observaciones nocturnas, el alumbrado público de la Isla es de color amarillento.

***

Después de la erupción del Cumbre Vieja, en 1949 (ver El volcán Cumbre Vieja: trágico pero espectacular), en 1971 hizo erupción el volcán Teneguía, en el municipio de Fuencaliente, en el extremo sur de la Isla. El cráter, ilustrado en la foto que sigue,

está tan cerca de la carretera principal, la de circunvalación, que el turismo se dio banquete tomando fotos y películas desde esa carretera, que está más alta que el cráter. De hecho, esta foto fue tomada desde esa carretera.

Esta otra foto, que corresponde a la erupción del Teneguía,

es imagen común en pasajes que han aparecido en muchas películas, de corto y largo metraje, como erupción atribuida a algún volcán de ficción. Y es lógico que así sea porque no creo que nunca haya conseguido Hollywood que un volcán de verdad se le presente en tan buenas condiciones para ser filmado.

***

Pero además de lava y fuego, también en La Palma tenemos nieve y frío.

Los bordes norte y noreste de La Caldera —y parte de la cordillera, llamada Cumbre Nueva, que es la prolongación del borde Este— se cubren de nieve en invierno. Cumbre Nueva, límite Este de El Paso, es la cordillera que se ve al fondo de esta foto

que muestra el Valle de Aridane, cuyo extremo más alto está En El Paso, en el centro de la Isla, y el más bajo en el mar, al oeste.

En ese valle hay tres pueblos: Tazacorte, en la costa (no aparece en la foto); Los Llanos, al centro y en la parte más plana más plana del valle (una vista parcial en el primer plano); y El Paso, en la parte más alta y más montañosa (parte de él se ve al fondo, pegado a la Cumbre Nueva). Los vacíos de caseríos que por siglos hubo entre estos tres pueblos, ya están casi poblados.

Creo haber dicho que el castigo de El Paso es el clima, pues tenemos un fenómeno meteorológico, al que alguien de humor macabro bautizó como “La brisa”, que se presenta cuando le da la real gana, no importa la estación del año. Es un banco corrido de nube densa y muy blanca que aparece por detrás de la Cumbre Nueva, y en un efecto sin fin cae constantemente por su frente hacia El Paso como si fuera cascada interminable de agua.

En esta foto puede verse cómo ha cubierto toda la Cumbre Nueva y está a caballo sobre ella.

Si bien es una belleza para la vista, “La brisa” no hace honor a su nombre, pues el común de los mortales entiende que brisa es un aire suave y acariciante que resulta casi siempre agradable, pero nuestra “brisa” trae consigo un ventarrón infernal y anárquico que no deja títere con cabeza, y puede llegar a derribar árboles, arruinar plantaciones de plátanos (cambures), hacer volar muy lejos los techos de los invernaderos, y acabar con sembradíos como el que se ve en esta foto

de una vieja casa típica, de las que había muchas en toda la Isla, y, al lado, las huertas en las que se cultivaban papas, maíz, tabaco, tomates, cebollas, etc.

Si “La brisa” aparece en primavera o invierno hace que la temperatura baje varios grados y causa un frío que, empujado por el viento, se cuela por debajo de puertas y resquicios de ventanas, y de poco valen los abrigos.

Pero, eso sí, cuando cae por Cumbre Nueva esa espesa cascada de nube y aún no comienza a soplar el viento que trae consigo, proporciona un espectáculo bellísimo, en particular a la puesta del sol, pues la cascada, blanca de día, se tiñe entonces de diferentes tonos entre rojo y anaranjado.

***

Ubicada al centro del borde Este de la Isla, al fondo de una ensenada que forma la costa y que se aprecia bien en la foto tomada desde el satélite, está la capital, Santa Cruz de La Palma,

que fue por siglos la ciudad más importante de Canarias, en cuyo puerto, que hoy luce así,

hacían escala, a la ida y a la vuelta, los barcos que cubrían la ruta entre Europa y América.

En mis tiempos, el puerto era sólo la parte ancha que se ve en la foto. La parte más estrecha es reciente y debe haber sido hecha con alguna técnica de ingeniería muy especial, porque todas las varias veces que por años se intentó prolongar el muelle, el mar se llevó la prolongación, incluso antes de que fuera completada.

La pared montañosa de color rojizo que se ve a la izquierda es la del Risco de La Concepción. Entra al mar en forma perpendicular, así como muestra la foto, y por ello ese punto sirvió para que durante la Segunda Guerra Mundial se acercaran a él submarinos alemanes cuyos tripulantes o pasajeros necesitaban reunirse.

Los submarinos salían a la superficie muy cerca del risco, los tripulantes bajaban a tierra, iban a la central eléctrica que estaba a pocos metros, “bajaban las cuchillas” —o sea, cortaban la electricidad a toda la Isla—, hacían su reunión, conectaban de nuevo la electricidad, dejaban de regalo cajas de cigarrillos, botellas de licor y otras cosas difíciles de conseguir en tiempos de guerra, abordaban sus naves, se sumergían y se iban,… hasta la próxima visita, muy ansiada por quienes trabajaban en la central eléctrica.

***

Quiera Dios que La Palma, apodada La Isla Bonita, la más verde y rica en agua de todas las Canarias, nos dure mucho y haga quedar mal a los profetas de su hundimiento. Alguien la esquematizó en este bello logo:

representando fuego y lava incandescente en la cumbre, verde en los valles, y lava sólida y oscura, como la arena de sus pocas playas, al llegar al mar.

En pocos días espero pisar su querido suelo.

(Fotos enviadas desde El Paso por María del Carmen Taño Padrón)

El volcán Cumbre Vieja: trágico pero espectacular.

July 16, 2006

Carlos M. Padrón

En junio de 1949 “disfruté” en la isla de La Palma (Canarias) —en vivo, en directo y en primera fila— de todo el ciclo del volcán llamado entonces “de Nambroque” —por el nombre de la montaña por donde erupcionó— pero que pasó a la historia como Cumbre Vieja, y con ese nombre se le menciona en los reportajes, escritos y de TV, que hablan del posible hundimiento de una parte de la isla de La Palma y la consiguiente formación de un gigantesco tsunami que arrasaría la costa Este de USA, si ese volcán entrara en erupción de nuevo.

El Cumbre Vieja hizo erupción el domingo 24 de junio de 1949 entre las 10 y 11 de la mañana. Ese domingo fue la Fiesta del Sagrado y medio pueblo estaba en la iglesia en la misa especial, llamada “función” por lo solemne, con motivo de tal fiesta.

Al grito de “¡Reventó un volcán!” de boca de alguien que entró de improviso a la iglesia en plena misa, nos echamos a la calle, y sobre las montañas conocidas como Cumbre Vieja se veía una columna de humo negro que se proyectaba hacia el cielo, y tan densa que no parecía moverse.

Desde meses antes habíamos sufrido sismos entre muy leves hasta muy fuertes. Eran los prolegómenos de lo que comenzaría ese 24 de junio.

El aviso, y con él la alarma que nos sacó de la iglesia, llegó por boca de un cabrero (pastor de cabras) que mientras dejaba que sus cabras pastaran tranquilamente cerca de la montaña de Mambroque, vio abruptamente interrumpida la tranquilidad cuando, sin causa aparente, las cabras, todas al unísono, alzaron la cabeza, miraron hacia la montaña y echaron a correr despavoridas hacia el pueblo, no dejando al cabrero otra opción que correr tras de ellas.

Cuando apenas se habían alejado un par de kilómetros, dice el cabrero que la tierra comenzó a temblar bajo sus pies y al rato hubo un estruendo ensordecedor proveniente de la montaña que habían dejado a sus espaldas. Se volvió a mirar y vio la columna de humo que ya ascendía y se expandía, y, vinculando eso a los frecuentes sismos de los meses anteriores, dedujo acertadamente que se trataba de un volcán, y dio la alarma apenas llegar a zona poblada.

Ninguno de los residentes en la isla había visto nunca un volcán en erupción aunque la isla está surcada de brazos de lava, llamados allí “malpaíses” (tierra inútil para el cultivo), producto de erupciones anteriores, la más próxima en el año 1800 y tantos. Nuestro viejos de entonces decían que los viejos de sus tiempos les habían contado que “delante de un volcán se puede hacer calceta”, cosa que nos sonaba por demás oscura por poco inteligible.

Mientras duró el ciclo del Cumbre Vieja la vida casi se suspendió para nosotros. Aunque yo estaba por cumplir los 10 años, recuerdo claramente el ambiente de desaliento general y de falta de interés en el quehacer diario, algo insólito en aquel pueblo. Pero el saberse en una isla, sin una escapatoria posible y segura en caso de siniestro, hizo que la gente casi abandonara los campos y otras tareas, y se limitara a comer para vivir y para aposentarse sobre algún lugar alto cercano a su casa desde donde pudiera ver la columna de humo, como esperando que de un momento a otro sucediera la catástrofe final.

El gobierno contrató los servicios de un y que vulcanólogo francés que luego de hacerse acompañar por algunos campesinos locales hasta las estribaciones del Nambroque, apenas se hizo intenso el olor a azufré se retiró apresuradamente, convocó una reunión en Monterrey —teatro y salón de baile del pueblo— y declaró que la Isla se hundiría en el mar porque su base era como un cono invertido que no resistiría los violentos movimientos producidos por la erupción, y que él recomendaría al Gobierno que lo había contratado una inmediata evacuación total de La Palma. Acto seguido, puso pies en polvorosa,…. y nunca se supo que el Gobierno intentara ni evacuación ni ningún otro tipo de ayuda. Quedamos, y nos sentimos, abandonados a nuestra suerte, lo cual contribuyó a aumentar el desánimo general.

Cada semana, el Cumbre Vieja cambiaba su “repertorio”. Después de una semana de humo negro, comenzó a lanzar proyectiles incandescentes que en se veían claramente en las noches subiendo por entre la columna de humo, y pasados unos segundos nos llegaba el sonido de la correspondiente explosión, como si se tratara de macabros fuegos artificiales.

Nos íbamos a la cama muy tarde, y a veces a dormir en lugares improvisados porque tal vez el techo del dormitorio habitual no ofrecía mayores garantías de resistir los frecuentes sismos. A la mañana siguiente, despiertos desde muy temprano —y por vía natural, sin ayuda de despertador—, de nuevo a lo básico para subsistir, y enseguida a la rutina de silenciosa observación.

Pero una mañana, la vía natural, que era la luz solar, hizo que despertáramos muy tarde. Recuerdo que mi despertar lo causó una maldición proferida por mi padre cuando al abrir la puerta para salir de la casa en la mañana —se despertaba a las 06:00 pero ese día lo hizo a las 09:00— se encontró con que el sol, que debería verse radiante, se veía como un pequeño globo naranja, como se le ve a través de un vidrio ahumado; y que todo —el patio, los techos y las huertas; todo— estaba cubierto de un polvo de consistencia de cemento pero de color muy oscuro, casi negro, que en forma de lluvia muy fina no paraba de caer desde una nube ancha que cruzaba el cielo y que era la causante de que la luz del sol apenas nos llegara.

El desánimo se tornó en miedo porque era claro que si esa lluvia continuaba moriríamos todos ahogados en el polvo que no paraba de caer.

Afortunadamente, la lluvia cesó antes de la semana “reglamentaria”. Las cosechas se perdieron bajo el manto del oscuro cemento, y algunos, queriendo ver una oportunidad en lo malo que era esa crisis, llenaron vasijas de ese polvo y lo guardaron porque notaron que los llamadores metálicos de las puertas exteriores, las que los tenían, estaban relucientes como oro por causa del contacto con el polvo. Después de algún tiempo perdieron completamente su baño porque el polvo era altamente abrasivo.

La columna de humo pasó a ser blanca aunque igualmente densa y casi inmóvil, y un buen día el volcán comenzó a vomitar lava y cesaron los sismos.

Primero fue una especie de monstruosa culebra de tal vez unos 10 metros de grosor y unos 4 de altura, formada como de peñascos muy negros que avanzaba de forma lenta, crujiente e implacable. Los peñascos negros eran sólo la caparazón exterior, pues cuando de la cresta frontal caían al piso, al desprenderse del conjunto dejaban ver por un momento el rojo intenso de la lava líquida y espesa que había en el interior de “la culebra”. Al contacto con el aire, en el hueco dejado por el peñasco se formaba otro que tapaba esa visión, y así, cayendo peñasco tras peñasco desde la cresta, avanzaba inexorable “la culebra”,… y por fin entendimos por qué “delante de un volcán se puede hacer calceta”.

Las autoridades comenzaron a evacuar todas las casas ubicadas en la zona por la que, dada la topografía del terreno, pasaría el brazo de lava. Era espeluznante ver la carretera llena de muebles de todo tipo, animales domésticos y gente llorando. Y más espeluznante era ver cómo el brazo de lava, que por lo visto se “comía” el oxígeno a su alrededor, literalmente chupaba hacia sí los árboles varios metros antes de llegar a ellos, y los evaporaba; y cuando llegaba lentamente a la pared de una casa, iba ganando altura por la presión contra un obstáculo, y en apenas minutos la pared cedía y el brazo de lava caía de golpe sobre ella y la hacía desaparecer completamente, continuando luego su implacable avance.

Hubo un par de casos, por demás dramáticos, en que el dueño de la casa evacuada y que a todas luces iba a desaparecer, se negó a dejarla, dispuesto a morir con ella porque era lo único que tenía, y tuvo que ser sacado a la fuerza por la Guardia Civil.

En la Isla había entonces una vía asfaltada de casi circunvalación, y digo casi porque no cubría una parte del lado noroccidental. Como el brazo de lava avanzaba ladera abajo hacia el mar, era claro que, a menos que se detuviera, cortaría la carretera asfaltada que nos unía con el sur y el lado Este de la Isla, donde está la capital. Y no se detuvo sino que avanzaba en dirección a Las Manchas, un barrio de El Paso. Para el momento en que estaba a pocos metros de la carretera, autoridades del lado oeste y del lado Este se despidieron con un apretón de manos, y a los pocos minutos el brazo de lava pasó sobre la carretera y nos dejó por años sin esa vía.

Cuando al fin alcanzó el mar, una columna de vapor de agua se elevó a los cielos como un geyser y así continuó mientras al mar entraba más y más lava hirviente.

Un buen día, y como dando muestras de que ya había llegado a destino, o tocado fondo, el brazo de lava, que al inicio tenía unos 10 metros, se ensanchó hasta tal vez 100, y se hizo como un canal por el que corría lava líquida como si se tratara de un río siniestro. Y así permaneció por semanas. A pesar de que la isla de La Palma es tal vez el trozo de tierra que en relación a su superficie (poco más de 700 k cuadrados) tiene las mayores alturas (más de 2.400 m), y por ello sus costas entran al mar casi en forma vertical, fue tanta la lava, que la tierra firme de la Isla ganó un espacio triangular de unos 3 kilómetros, medidos desde el vértice de ese triángulo hasta el lugar donde antes del volcán estuvo el borde de la costa.

Dos veces organizaron los vecinos de mi casa, y mi familia con ellos, un viaje en camión a Las Manchas para ver la lava. El primer viaje fue de día —cuando pude ver los muebles y demás enseres amontonados en la carretera, y escuchar los lamentos de sus dueños—, y el segundo fue de noche, cuando ya corría el río de lava.

Aunque la montaña donde estaba el cráter no era visible desde la carretera de Las Manchas, el cielo sobre él se veía iluminado de un rojizo intenso por la cantidad de lava que del cráter brotaba, y el río por ella formado comenzaba a verse cuando, majestuoso, aparecía, alto en la cumbre, bordeando una montaña. Desde ahí descendía y pasaba ante nosotros hacia el mar. Era algo así como lo que se ve en esta foto, que corresponde, según BBC Mundo, al volcán Tungurahua, en Ecuador y activo desde 1999:

Al contacto con el aire, en la superficie de la lava incandescente se iban formando rocas negras que enseguida se hundían en la lava y se licuaban de nuevo, y ese proceso creaba unas figuras como de caras humanas que brotaran de la lava líquida y fueran forzadas a regresar a ella de nuevo. Mi madre dijo que eso le recordaba la idea de lo que sería el Infierno, y creo que hasta Dante la hubiera corroborado.

Aparte lo trágico, éste es el espectáculo natural más bello que he visto en mi vida. Imposible de ser descrito con palabras, fotos, película o cualquier otro medio. Simplemene, hay que verlo.

Un buen día la lava líquida dejó de fluir, pero pasaron años antes de que su cauce se enfriara. Se dio el caso de que una mujer venida de afuera quiso subir por la pared del cauce para ver su interior, y sus zapatos de rafia —material que entonces estaba de moda para hacer calzado— se incendiaron.

Años después, cuando por fin la temperatura lo permitió, las máquina excavadoras comenzaron a remover lava para tratar de llegar hasta la superficie de la carretera por ella cubierta, pero fue imposible pues a medida que profundizaban en la lava ésta se revelaba más y más sólida, y la nueva carretera se hizo entonces a nivel más alto que el que tuvo la vieja.

El proceso de cambio semanal de repertorio duró un mes: erupción y humo negro, expulsión al aire de rocas incandescentes, nube de polvo o cenizas, y humo blanco y expulsión de lava. No recuerdo cuánto duró este último episodio.

Aunque el volcán causó muchas pérdida materiales, no hubo pérdida de vidas humanas, pero sí fortuna para al menos una persona que de verdad vio la forma de convertir una crisis en una oportunidad, y aprovechó ésta al máximo haciendo rentable el triángulo de malpaís que el volcán añadió a la superficie de la Isla. Tal vez un día me anime a escribir sobre esto.

Palmiro no había estado en La Caldera

July 9, 2006

Carlos M. Padrón

Las Canales está en la parte alta de El Paso y es uno de los barrios más cercanos a La Cumbrecita, una de las entradas naturales al gran cráter y parque nacional de La Caldera de Taburiente —o, como ya he dicho, La Caldera, a secas— que atrae cada año a cientos de turistas, muchos de los cuales vienen a El Paso con el solo propósito de conocer esa maravilla geológica.

Palmiro era un vecino de Las Canales que gustaba de sentarse en una pared, al borde del camino —o, mejor dicho, del barranco, ancho y casi plano, que viene a ser el Camino Real en el punto central de Las Canales— y fumar su cachimba mientras veía pasar la vida. Como buen campesino, hablaba poco y, las más de las veces, contestaba con frases del género lapidario.

Un día, mientras él estaba en su habitual aposento sobre la pared, se le acercaron dos turistas que venían caminando desde el centro del pueblo y, aunque con sus morrales a la espalda, lucían inusualmente elegantes y hablaban muy buen español, lo cual les permitió llevar a cabo con Palmiro el siguiente diálogo:

—Buenos días. ¿Es éste el camino a La Caldera?

—Pos yo creo que sí.

—¿Cómo que cree? ¿No ha ido usted a La Caldera?—, exclamaron, en el colmo del asombro, los turistas.

—No.

—¡Dios Santo, ¿cómo es posible?! ¿Tan cerca que está usted de La Caldera y nunca la ha visto?.

—Más cerca me queda el ojo del culo y no me lo he visto todavía.

No tengo datos sobre la reacción de los distinguidos turistas.

Más sobre la Fiesta del Sagrado de 2006

July 5, 2006

Carlos M. Padrón

De las obras que Santiago González presentó en la Fiesta del Sagrado de este año, incluí sólo dos fotografías en el artículo La fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, publicado el 28/06/2006: una general, en la que pueden verse de lejos todas las obras, y otra, de cerca, de la imagen del Sagrado Corazón.

Juan Manuel González Calero, un hijo de El Paso, me ha mandado otras fotos entre las que están, tomadas de cerca, las del resto de las obras de Santiago, que son cuadros de las iglesias y ermitas que hay en El Paso.

Como dije en el artículo antes mencionado, los materiales usados por Santiago son cáscara de huevo molida y teñida, y semillas naturales,

Aquí van las fotos de las iglesias y las ermitas, precedidas de su nombre y algunos otros detalles:

Iglesia Nueva. La que está oficialmente en uso y cuya torre tiene un reloj de cuatro caras, cada una mirando hacia cada uno de los puntos cardinales.

Iglesia Vieja. Ubicada en lo que por años fue “el centro de La Plaza”, es la que se usaba antes que la nueva, y la misma que, según se dijo en el artículo La creación de El Paso (1/3), fue puesta bajo la advocación de Nuestra Señora de Bonanza antes de la creación de El Paso como municipio.

Ermita del Pino. Está en el borde Este del pueblo, lejos de zona habitada, en las faldas de la llamada Cumbre Nueva, y junto al pino, centenario, que aparece también en el cuadro. En un hueco del tronco de ese pino fue encontrada, hace siglos, la imagen original y muy pequeña de la virgen, imagen que aún se conserva en la ermita.

Ermita de Las Manchas. Está en el barrio del mismo nombre, al sur de El Paso.

Ermita de San Martín de Porres. En la parte alta del barrio llamado Barrial de Abajo.

Carreta, presentada por el barrio de Tajuya. En la foto del artículo anterior no se ve su contenido; aquí sí. Materiales: badana, macarrones y corcho de pino.

El silbido

May 28, 2006

Carlos M. Padrón

Las almendras son una de las riquezas de El Paso, pero el ponerlas en la forma comestible en que la mayoría de los mortales las conocen da mucho trabajo.

Para amenizarlo de alguna forma, ya que había que hacerlo, existía la costumbre de que muchos vecinos (mayormente mujeres) se reunieran de noche en la casa de un vecino en particular y le ayudaran a pelar las almendras que éste hubiera recogido de su cosecha. O sea, que a dedo limpio procedían a separar de la cápsula oval —sólida, y con filo por una de sus aristas— dentro de la cual está la pipa comestible, la cubierta, dura y aterciopelada, que la cubre.

A estas reuniones se las conocía como “peladas de almendras”, y se caracterizaban porque las mujeres asistentes, tal vez animadas por su abrumadora mayoría, se divertían armando “mocedades” (parejas de enamorados) o hablando de las vicisitudes de las parejas ya oficialmente formadas.

Ellas, al igual que la mayoría de la gente del pueblo, creían que cuando una mujer era virgen y orinaba en cuclillas, su vulva emitía un sonido como un silbido que era producido por la estrechez de la vagina y la presencia del himen. Sea por lo que fuere, es el caso que, de verdad, eso ocurría en mis tiempos de mozalbete.

A una de estas peladas de almendras fue invitada María, una muchacha de quien José Luis —primo de Juanillo, un tío de mi padre— estaba enamorado y cortejaba siempre que podía. Pero como José Luis no había sido invitado a la pelada en cuestión, decidió espiar la reunión desde fuera, por los resquicios de la puerta que daba a la calle, en la esperanza de enterarse de lo que la concurrencia femenina pudiera comentar acerca de sus pretensiones con María —más que conocidas— y, sobre todo, de lo que ésta pudiera decir sobre sus sentimientos hacia él, algo que, en aquellos tiempos, una mujer no debía confesar nunca a un hombre por más enamorada que estuviera de él.

Y a esa aventura de espía, José Luis se hizo acompañar de su primo Juanillo.

La casa donde esa noche se llevaba a cabo la pelada de almendras estaba un tanto aislada y aún en construcción, y el evento tenía lugar en el primer piso, al que se accedía por una escalera externa que aún no tenía baranda y que terminaba en una plataforma, también sin baranda, frente a la puerta de entrada.

El caso es que, a mitad de esta jornada nocturna, a María le dieron ganas de orinar, se levantó de su puesto y se dirigió a la puerta de salida. Al verla venir, tanto José Luis como Juanillo, que estaban justo tras esa puerta, bajaron corriendo la escalera y se acurrucaron en la base del muro que servía de soporte a la plataforma de entrada, para que María no pudiera verlos.

Pero ésta salió afuera, cerró la puerta tras ella y, como estaba oscuro y no había nadie a la vista, no bajó a satisfacer su necesidad entre los matorrales del terreno circundante, como habría sido lo normal, sino que se acercó al borde de la plataforma, se puso en cuclillas, remangó su falda, bajó sus bragas, abrió las piernas y, sin más, disparó su chorro……. que fue a caer directamente sobre la cabeza del pobre José Luis, mientras Juanillo se tapaba la boca para contener la risa.

Y al dejarse oír en el silencio de la noche el sonido sibilante, alto y firme, que producía la vulva virgen de María, ésta, en voz alta y convencida de que nadie la escuchaba, exclamó:

“¡Silba tú, coño, que José Luis te va a sacar el silbido!”.

El silbido

May 28, 2006

Carlos M. Padrón

Las almendras son una de las riquezas de El Paso, pero el ponerlas en la forma comestible en que la mayoría de los mortales las conocen da mucho trabajo.

Para amenizarlo de alguna forma, ya que había que hacerlo, existía la costumbre de que muchos vecinos (mayormente mujeres) se reunieran de noche en la casa de un vecino en particular y le ayudaran a pelar las almendras que éste hubiera recogido de su cosecha. O sea, que a dedo limpio procedían a separar de la cápsula oval —sólida, y con filo por una de sus aristas— dentro de la cual está la pipa comestible, la cubierta, dura y aterciopelada, que la cubre.

A estas reuniones se las conocía como “peladas de almendras”, y se caracterizaban porque las mujeres asistentes, tal vez animadas por su abrumadora mayoría, se divertían armando “mocedades” (parejas de enamorados) o hablando de las vicisitudes de las parejas ya oficialmente formadas.

Ellas, al igual que la mayoría de la gente del pueblo, creían que cuando una mujer era virgen y orinaba en cuclillas, su vulva emitía un sonido como un silbido que era producido por la estrechez de la vagina y la presencia del himen. Sea por lo que fuere, es el caso que, de verdad, eso ocurría en mis tiempos de mozalbete.

A una de estas peladas de almendras fue invitada María, una muchacha de quien José Luis —primo de Juanillo, un tío de mi padre— estaba enamorado y cortejaba siempre que podía. Pero como José Luis no había sido invitado a la pelada en cuestión, decidió espiar la reunión desde fuera, por los resquicios de la puerta que daba a la calle, en la esperanza de enterarse de lo que la concurrencia femenina pudiera comentar acerca de sus pretensiones con María —más que conocidas— y, sobre todo, de lo que ésta pudiera decir sobre sus sentimientos hacia él, algo que, en aquellos tiempos, una mujer no debía confesar nunca a un hombre por más enamorada que estuviera de él.

Y a esa aventura de espía, José Luis se hizo acompañar de su primo Juanillo.

La casa donde esa noche se llevaba a cabo la pelada de almendras estaba un tanto aislada y aún en construcción, y el evento tenía lugar en el primer piso, al que se accedía por una escalera externa que aún no tenía baranda y que terminaba en una plataforma, también sin baranda, frente a la puerta de entrada.

El caso es que, a mitad de esta jornada nocturna, a María le dieron ganas de orinar, se levantó de su puesto y se dirigió a la puerta de salida. Al verla venir, tanto José Luis como Juanillo, que estaban justo tras esa puerta, bajaron corriendo la escalera y se acurrucaron en la base del muro que servía de soporte a la plataforma de entrada, para que María no pudiera verlos.

Pero ésta salió afuera, cerró la puerta tras ella y, como estaba oscuro y no había nadie a la vista, no bajó a satisfacer su necesidad entre los matorrales del terreno circundante, como habría sido lo normal, sino que se acercó al borde de la plataforma, se puso en cuclillas, remangó su falda, bajó sus bragas, abrió las piernas y, sin más, disparó su chorro……. que fue a caer directamente sobre la cabeza del pobre José Luis, mientras Juanillo se tapaba la boca para contener la risa.

Y al dejarse oír en el silencio de la noche el sonido sibilante, alto y firme, que producía la vulva virgen de María, ésta, en voz alta y convencida de que nadie la escuchaba, exclamó:

“¡Silba tú, coño, que José Luis te va a sacar el silbido!”.

La ‘M’ de Carlos M.

May 25, 2006

Carlos M. Padrón

Desde que tengo memoria, todos en la familia, vecinos y amigos, me han llamado —y siguen llamándome los que aún viven— Carlos Padrón. Estaba yo cerca de cumplir los 11 años cuando supe que tenía un segundo nombre, o middle name, y la forma en que lo supe fue un tanto traumática.

Durante la segunda mitad de 1949 y la primera de 1950 me preparé, junto con otros muchachos del pueblo, para presentar el examen de Ingreso, o sea, el de requisito para entrar en bachillerato.

Llegado el ‘Día D’ de nuestro primer examen oficial, como a eso de las 6 de la mañana, en el coche de Emilio —uno de los 3 ó 4 taxis que para entonces había en El Paso— y en compañía de Don Santiago, nuestro profesor, de grata recordación, nos fuimos todos al instituto de Santa Cruz de La Palma, capital de la isla de La Palma. Un viaje de casi dos horas por una carretera estrecha y, en gran parte de su trayecto, bordeada de acantilados que caen casi perpendiculares hasta el mar.

El ambiente de la sala del instituto donde tendría lugar el examen era tan formal que daba miedo. Además de los alumnos y sus profesores acompañantes —todos con traje y corbata— había numeroso público y, entre todos, la sala estaba abarrotada.

Al fondo, en un estrado elevado con respecto al área ocupada por alumnos y público, había sentados cuatro profesores de ceño adusto y con una expresión de autosuficiencia y poco altruismo que, simplemente, daban ganas de salir corriendo.

Por turnos, aquellos “terribles jueces” tomaban la palabra para y con aire de verdugo pronunciaban en voz alta el nombre de su próxima “víctima”. Ésta se levantaba de su asiento, subía al estrado, se sentaba ante el juez correspondiente y, en presencia de todos y con un nivel de voz que todos pudieran oír, contestaba, si podía, las preguntas que se le hicieran.

De pronto, el solemne silencio fue roto por la voz de uno de los jueces que dijo “Toribio María Mónico José Calero Pérez”. Silencio y quietud en la sala; nadie se movió de su asiento.

Molesto por tal “desaire”, el juez alzó un poco más su voz, enfatizó el acento de autoridad, y repitió: “Toribio María Mónico José Calero Pérez”. Silencio y quietud en la sala; nadie se movió de su asiento.

Considerando que ya aquello era una intolerable ofensa a su alta investidura, el alterado profesor no ya llamó sino que gritó esta vez, emulando las iras de Júpiter Tronante: “¡¡¡Toribio María Mónico José Calero Pérez!!!”. De inmediato, nuestro querido Don Santiago se alzó de su asiento y levantando su mano pidió permiso para intervenir. Aunque con evidente mala gana, “Júpiter Tronante” se lo concedió, y Don Santiago, serpenteando por entre las filas de las sillas que ocupábamos los estudiantes, se acercó a Toribio, uno de nuestro grupo que había permanecido muy callado como si la cosa no fuera con él, y tocándolo en el hombre le dijo, casi en un susurro, “¡Ése eres tú, Toribio!”.

Sobresaltado y con rostro enrojecido —tal vez por saber cuán bello regalo le habían hecho sus padres al bautizarlo—, Toribio se dirigió al calvario, y nunca mejor dicho porque ese día todos supimos cuál era su verdadero nombre, y a partir de entonces… ya pueden imaginarse lo que pasó.

Poco tiempo después, otro de los jueces llamó a Carlos Miguel Padrón Pérez. Tampoco se movió nadie, pero esta vez Don Santiago no permitió que hubiera más de un llamado desatendido, así que volvió a pedir permiso, serpenteó de nuevo por entre las sillas y, aprovechando que ya todos lo mirábamos curiosos por saber quién sería el agraciado, me apuntó con su dedo antes de llegar a mí y me hizo clara seña de que subiera al estrado. Y allá fui como cordero al matadero.

Recuerdo que fallé una sola pregunta: el nombre del río que pasa por Londres. Nunca jamás olvidé ese nombre,… y nunca más usé el tal Miguel hasta 1969.

Ese año, a poco de comenzar a trabajar en IBM de Venezuela, supe que en el medio informático que en Caracas atendía IBM había nada menos que cinco Carlos Padrón; yo venía a ser el sexto. Sintiendo la necesidad de diferenciarme de algún modo, y habida cuenta de que IBM era una compañía gringa y que los gringos tienen casi todos un middle name cuya inicial usan regularmente, opté por desenterrar el Miguel y colocar su ‘M’ inicial entre Carlos y Padrón, y así, a efectos “oficiales”, quedé desde entonces como Carlos M. Padrón,… aunque la mayor parte de quienes me conocen no sepan a qué nombre corresponde la ‘M’.

Sin embargo, sólo tres personas, que yo recuerde, me llaman Carlos Miguel, y cuando lo hacen me siento raro, como si la cosa no fuera conmigo. Dos de ellas, un hombre y una mujer, trabajaron conmigo en IBM, y la tercera fue un cliente IBM que atendí por algunos años. Todos los demás —familiares, paisanos, amigos, compañeros de trabajo, clientes, etc.— me han llamado y siguen llamándome por el nombre con el que sí me identifico: Carlos Padrón, a secas.

La ‘M’ de Carlos M.

May 25, 2006

Carlos M. Padrón

Desde que tengo memoria, todos en la familia, vecinos y amigos, me han llamado —y siguen llamándome los que aún viven— Carlos Padrón. Estaba yo cerca de cumplir los 11 años cuando supe que tenía un segundo nombre, o middle name, y la forma en que lo supe fue un tanto traumática.

Durante la segunda mitad de 1949 y la primera de 1950 me preparé, junto con otros muchachos del pueblo, para presentar el examen de Ingreso, o sea, el de requisito para entrar en bachillerato.

Llegado el ‘Día D’ de nuestro primer examen oficial, como a eso de las 6 de la mañana, en el coche de Emilio —uno de los 3 ó 4 taxis que para entonces había en El Paso— y en compañía de Don Santiago, nuestro profesor, de grata recordación, nos fuimos todos al instituto de Santa Cruz de La Palma, capital de la isla de La Palma. Un viaje de casi dos horas por una carretera estrecha y, en gran parte de su trayecto, bordeada de acantilados que caen casi perpendiculares hasta el mar.

El ambiente de la sala del instituto donde tendría lugar el examen era tan formal que daba miedo. Además de los alumnos y sus profesores acompañantes —todos con traje y corbata— había numeroso público y, entre todos, la sala estaba abarrotada.

Al fondo, en un estrado elevado con respecto al área ocupada por alumnos y público, había sentados cuatro profesores de ceño adusto y con una expresión de autosuficiencia y poco altruismo que, simplemente, daban ganas de salir corriendo.

Por turnos, aquellos “terribles jueces” tomaban la palabra para y con aire de verdugo pronunciaban en voz alta el nombre de su próxima “víctima”. Ésta se levantaba de su asiento, subía al estrado, se sentaba ante el juez correspondiente y, en presencia de todos y con un nivel de voz que todos pudieran oír, contestaba, si podía, las preguntas que se le hicieran.

De pronto, el solemne silencio fue roto por la voz de uno de los jueces que dijo “Toribio María Mónico José Calero Pérez”. Silencio y quietud en la sala; nadie se movió de su asiento.

Molesto por tal “desaire”, el juez alzó un poco más su voz, enfatizó el acento de autoridad, y repitió: “Toribio María Mónico José Calero Pérez”. Silencio y quietud en la sala; nadie se movió de su asiento.

Considerando que ya aquello era una intolerable ofensa a su alta investidura, el alterado profesor no ya llamó sino que gritó esta vez, emulando las iras de Júpiter Tronante: “¡¡¡Toribio María Mónico José Calero Pérez!!!”. De inmediato, nuestro querido Don Santiago se alzó de su asiento y levantando su mano pidió permiso para intervenir. Aunque con evidente mala gana, “Júpiter Tronante” se lo concedió, y Don Santiago, serpenteando por entre las filas de las sillas que ocupábamos los estudiantes, se acercó a Toribio, uno de nuestro grupo que había permanecido muy callado como si la cosa no fuera con él, y tocándolo en el hombre le dijo, casi en un susurro, “¡Ése eres tú, Toribio!”.

Sobresaltado y con rostro enrojecido —tal vez por saber cuán bello regalo le habían hecho sus padres al bautizarlo—, Toribio se dirigió al calvario, y nunca mejor dicho porque ese día todos supimos cuál era su verdadero nombre, y a partir de entonces… ya pueden imaginarse lo que pasó.

Poco tiempo después, otro de los jueces llamó a Carlos Miguel Padrón Pérez. Tampoco se movió nadie, pero esta vez Don Santiago no permitió que hubiera más de un llamado desatendido, así que volvió a pedir permiso, serpenteó de nuevo por entre las sillas y, aprovechando que ya todos lo mirábamos curiosos por saber quién sería el agraciado, me apuntó con su dedo antes de llegar a mí y me hizo clara seña de que subiera al estrado. Y allá fui como cordero al matadero.

Recuerdo que fallé una sola pregunta: el nombre del río que pasa por Londres. Nunca jamás olvidé ese nombre,… y nunca más usé el tal Miguel hasta 1969.

Ese año, a poco de comenzar a trabajar en IBM de Venezuela, supe que en el medio informático que en Caracas atendía IBM había nada menos que cinco Carlos Padrón; yo venía a ser el sexto. Sintiendo la necesidad de diferenciarme de algún modo, y habida cuenta de que IBM era una compañía gringa y que los gringos tienen casi todos un middle name cuya inicial usan regularmente, opté por desenterrar el Miguel y colocar su ‘M’ inicial entre Carlos y Padrón, y así, a efectos “oficiales”, quedé desde entonces como Carlos M. Padrón,… aunque la mayor parte de quienes me conocen no sepan a qué nombre corresponde la ‘M’.

Sin embargo, sólo tres personas, que yo recuerde, me llaman Carlos Miguel, y cuando lo hacen me siento raro, como si la cosa no fuera conmigo. Dos de ellas, un hombre y una mujer, trabajaron conmigo en IBM, y la tercera fue un cliente IBM que atendí por algunos años. Todos los demás —familiares, paisanos, amigos, compañeros de trabajo, clientes, etc.— me han llamado y siguen llamándome por el nombre con el que sí me identifico: Carlos Padrón, a secas.


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